Abrazos de Noche

Cuando tuve a mi hija Eva a los 22 años fui mamá soltera durante sus primeros 6 años de vida. Tengo que admitir que fueron años muy difíciles. Antes de que murieran Noah y Gael pensaba que esos iban a ser los años más difíciles de mi vida.

Digo, jamás puedo restarle mérito a las mamás solteras, todas son heroínas haciendo algo dificilísimo a diario. Pero con la madurez de los años y la experiencia que tuve con los gemelos preferiría cien veces estarlos criando sola a los dos que haberlos enterrado. Como cambia todo con el tiempo. La situación que yo pensaba era lo más fuerte que iba a vivir no le llega a esta ni a los tobillos.

Cuando tuve a Eva estaba segura de no querer más hijos, pensaba que una era suficiente y que ella y mi carrera, que ha sido muy importante en mi vida, ocuparían el resto de mis años “fértiles”. Hoy profesionalmente estoy llegando a lograr lo que soñé hace mas de 18 años, el paquete completo. La nueva academia, la cantidad de alumnos, los viajes, los espectáculos, los mas de 20 maestros que trabajan con nosotros, los proyectos de tv…

Pero de nuevo: cambiaría todo en un segundo si tuviera la oportunidad de que me devolvieran a mis gemelos.

Todo, absolutamente todo lo cambiaría por unos años más con ellos.

Como son de pasajeras nuestras prioridades cuando algo llega a ponernos en perspectiva. Cuando la muerte nos confronta con todo lo que pensábamos era importante o difícil. Como deja lo importante de ser importante, lo material de ser prioridad, lo pasajero de ser relevante cuando nos vemos de rodillas rogando dar vuelta atrás, pidiendo por un día más, un año más sin poder cambiar lo sucedido.

Anoche soñé con Noah y Gael. El sueño fue hermoso porque yo me daba cuenta de que ellos, aun bebes de meses, estaban siendo bien cuidados por enfermeras en un hospital. Yo llegué a verlos y a abrazarlos solo por un rato. Eran hermosos y estaban llenos de vida y salud. Me veían a los ojos… una de las cosas que más añoro haber podido hacer. Amanecí con paz, pero fue tan real que me desperté preguntándome si ellos estaban bien, ¿a quien fue que enterramos?… Luego llegó a mi mente la imagen de ellos en su ataúd y recordé todo. Haberlos visto juntos en esa cajita fue lo mejor que pude haber hecho, porque después de anoche estaría dudando de si realmente están ahí. Que juego tan confuso para la mente, tantas realidades tan inciertas.

Y solo una cierta.

Su ausencia. 

Llevo un año y medio pidiéndole a Dios verlos en sueños. Pidiéndole una señal de que están bien y felices y aunque creo (y de alguna extraña manera sé) que es así, siempre quiero verlos. Los siento a diario en la vida normal, tengo muchas señales de ellos que se que vienen del cielo, pero los sueños… eso es otra historia completamente, otro mundo con mas posibilidades, menos limitaciones. Mi paz se terminó cuando le conté a mi esposo Hiram, quien aun dormía, el sueño. Empezó un poco de nostalgia en ese momento, y como siempre me cuesta procesar las cosas hasta ahora que escribo me caen las lagrimas.

Quisiera haberme quedado un rato más en el sueño.

Es la tercera vez que los veo dormida. Las primeras dos veces fueron meses después de su muerte y eran luces. Soles. Radiantes, cálidos y jugaban parpadeando. Yo sabía que eran ellos jugando conmigo y amanecí con paz.

A veces me pregunto cual es mi necesidad de documentar este dolor. Por lo general no lo entiendo, y a veces creo que es lo que me ayuda a procesar. Es lo que organiza mi mente para ver el trayecto frente a mis ojos y trasladarlo a mi corazón.

Enmendar, subsanar los daños. Perseverar en la verdad. Mi verdad. Y abrazarla, así como por instantes pude abrazar a mis hijos anoche.

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