Mi Hijo Nació ¿Porque No Me Preguntaron si Quería Verlo? 

Hay cosas que he tenido que ver que hubiese deseado nunca haber visto. Mis dos hijos muertos, en su ataúd blanco, con sus ropitas blancas no son una de esas.

Mientras estuve internada en el hospital no pude ver a Noah cuando nació. No porque no pude, no. No vi a Noah porque no me dieron la opción de verlo. Tengo que repetir ese pensamiento para creer que me sucedió, aun 4 años después: Mi hijo nació muerto y no me preguntaron si quería verlo. Mi esposo si lo vio, todavía arropadito con las mantas del cuarto de cirugía. Le tomó (por iniciativa propia) una única foto, la cual en ese momento no sabíamos que se convertiría en uno de nuestros mas grandes tesoros.

Pero y a mi!? A mi nadie me recomendó verlo. Nadie, nunca me dijo lo que me ayudaría a sanar en el camino tener una imagen conectada con su nombre. Poderme despedir en privado. Poderlo abrazar. Y aunque hubiese dicho que no quería verlo, hubiese querido que fuera MI decisión.

Estimados señores del Hospital San Juan de Dios: era mi derecho escoger si quería verlo. Era SU deber preguntarme si quería pasar tiempo con el, independientemente de mi estado de ánimo o de mi estado físico.

Creo que hay mucha gente que vive hermosos años con sus hijos que luego mueren… tienen muchas fotos con ellos, y después no quieren recordarlos muertos. Entiendo eso y lo respeto completamente, pero no es mi caso.

Gael nació vivo. Apenas llegue al cuarto luego de la horrible recuperación post cirugía, pedí verlo. Las enfermeras me dijeron que primero tenía que concentrarme en recuperarme yo y que después habría tiempo para verlo a el. En serio, eso me dijeron…

Supongo que el pediatra habló con ellas y les explicó que Gael no tenía tiempo. Las hizo cambiar de opinión, porque a las 2 horas mi esposo me estaba empujando en silla de ruedas para ir a verlo. Llegué hasta donde el estaba sola, bueno junto a mi esposo. Nadie nos instruyó si lo podíamos tocar o abrazar. Fue el encuentro mas torpe que me podría imaginar. Yo en estado de “shock”, Gael completamente entubado, sin vida ni movimiento ni llanto, mi esposo tratando de “ser fuerte” para mi. Nada era como debía haber sido, y no había nadie que nos guiara por aquel horrible trayecto.

Cuando Gael murió era la media noche. Mi esposo llegó a darme la noticia a un cuarto lleno de mujeres embarazadas o con bebés recién nacidos que me acompañaban, ahí en silencio lloramos abrazados. No teníamos donde ir.

Fue 3 días después, cuando los enterramos, cuando finalmente recibí algo de guía de alguien que se apiadó de nosotros. Yo pedí que la ceremonia se hiciera con el ataúd cerrado, porque no quería que nadie los viera. El pastor Milton Rosales dirigió la ceremonia en una diminuta capilla, de la ceremonia no recuerdo ni una sola palabra, pero al despedir al puño de gente que nos acompañó y decirles que se dirigieran hacia donde iban a ser enterrados Noah y Gael, se volvió hacia Hiram y yo y nos dijo:

“Quédense aquí a solas en la capilla, vean a sus hijos y despídanse de ellos… tómense su tiempo porque es importante, los esperamos allá”

El mejor (y casi único) consejo sabio que recibí en medio de todo ese dolor. En todos los días que estuve internada ni una sola enfermera tuvo palabras acertadas, empatía suficiente para sostenerme de la mano o la inteligencia emocional de consolarme aunque fuera con un abrazo. Y bueno, no vayamos tan lejos, hasta un cuarto aparte para poder llorar hubiera sido de gran ayuda.

Tengo que admitir que mi Dr fue un angel, pero estuvo poco presente hasta después de que los enterramos. Me rompe el corazón pensar que todos los días hay mujeres pasando por lo mismo en ese hospital, pero me duele todavía mas pensar que pasan por las mismas circunstancias con esas sutiles agresiones o negligencias.

¿Que nos pasa?

¿Que hace falta para que esto cambie? ¿Solo yo tuve una experiencia tan inhumana en un hospital público o hay otras como yo? ¿A cuantas les ofrecieron ver a sus bebés? Me ha tomado 4 años poder hablar de esto con mas claridad, talvez hay muchas que como yo se sienten “incapacitadas” de hablar. O tienen miedo, yo antes lo tenía, pero ahora no. Hablo porque importa, y porque no solo importan mis hijos y mi experiencia (porque ya pasó) si no que importan las mujeres que a futuro les va a tocar enfrentar este dolor.

Por ellas y por ellos, de ahora en adelante, a mi nunca me encontrarán callada.

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Lo que mi Cuerpo Conoce

He perdido unas 40 libras y después de muchos años de no hacer ejercicio hace un mes volví a clases de ballet. La pérdida de peso sido una transición y un proceso de mucha entrega, de retomar hábitos perdidos y reinventar algunos nuevos. Hace un tiempo traté de disciplinarme con el gimnasio y no lo logré. Se sentía como algo ajeno, frío y con poco significado tras el esfuerzo. No logré hacer una conexión suficientemente significativa como para continuar.

El otro día, mientras hacía la barra de la clase de ballet, me preguntaba porque se me hace relativamente fácil retomar esta disciplina mientras que otras se me hacen imposibles de asumir. Mientras lo pensaba me percataba de que mi cuerpo estaba haciendo lo que sabía hacer muchos años atrás, y que se sentía algo como recordar.

Hay un cierta belleza inexplicable en recordar. 

Rotar, alargar, alinear, buscar, sentir. Todo me era familiar, mi cuerpo y mi mente lo conocen bien. A mis 41 años la danza ya no es lo que era antes para mi cuerpo, pero para mi mente y mi corazón nada ha cambiado. El movimiento suele sanarme como pocas cosas lo hacen, es una necesidad básica para mi ser. También mi alma y mi espíritu lo conocen, es una familiaridad cómoda, un amor que ha echado raíces confortablemente en mi corazón durante años…

Como suele pasar cuando pienso en el amor, Noah y Gael se asoman. Después de todo, mi cuerpo también los conoce. Recuerdo su calor, sus movimientos. Ellos no eran (o no son) como Ilana, nunca se movieron tanto. No se si era por falta de espacio, por el estúpido STFF o porque simplemente tenían otro temperamento que es lo que prefiero pensar. Mi alma los conoce también, está entrelazada con las de ellos. Me son familiares, amores viejos que forman parte de mi ser. Y al igual que la danza, me sana recordarlos.

Si no respiro profundo las lagrimas se pudieron haber asomado fácilmente a esa clase porque, como suele hacer la danza, ella siempre me lleva camino hacia lo mas profundo de mi y de mi corazón, a ese lugar donde por mas que intente no puedo ocultar nada. Es lo que me conecta con mi Ser… Son tantas las cosas que el movimiento hace por mi: recordar, abrazar, arraigar.

Me acomoda cuerpo y alma donde, por supuesto, están ellos dos.

No hay nada que me haga sentir tan viva como el movimiento, para mi es totalmente lo opuesto de la muerte. Es el abrazo de la vida, la respiración del organismo, la existencia misma. Extrañamente e igual que con la danza, no hay nada que me haga sentir tan viva como pensar en Noah y Gael. Ellos de cierta manera me devolvieron la existencia que llevaba años de no abrazar ni comprender. Sí, recordar me hace bien: con el cuerpo, con el alma. Es indispensable para mi regresar a los amores viejos que se sientan tan cómodamente en mi alma.

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