Cicatrices

Noah y Gael van a cumplir 4 años el 5 de enero del 2016. Me cuesta creer cuanto tiempo ha transcurrido desde la peor tragedia de mi vida, cuanto he cambiado, cuanto he dolido.

Hace unos días una amiga tuvo a su bebé en el Hospital San Juan de Dios y como lo mas “normal” del mundo publico una foto donde aparece con su bebé usando la bata de ese lugar.

Esa imagen me afectó en lo mas profundo de mi ser.

Tuve que cerrar los ojos para contener las lagrimas, respirar lentamente, porque el estómago se me hizo un puño, mi corazón empezó a latir mas fuerte y sentí una enorme repulsión… hacia el color, la forma de los botones, casi podía sentir la tela entre mis dedos. Me trajo imagenes tan frescas a la mente de mi cuerpo con ellos vivos, y del vacío después. De Gael en la unidad de cuidados intensivos lleno de tubos, inerte, pero luchando por su vida. De mirar mis débiles piernas queriendo obligarlas a saltar de esa horrible cama para salir de ahi, pero no poder.

De no poder. Cambiar. Nada.

De querer irme ir con ellos.

De no entender que estaba pasando, porque yo seguía aquí y ellos no, de creer que todo era una horrible pesadilla de la cual despertaría con ellos riendo entre mis brazos.

De mis cicatrices.

Después de la cesárea de emergencia me tomó semanas tener el valor de mirar la herida. Cuando la vi por primera vez le comenté a mi esposo que había quedado un poco en forma de U. “No” me dijo el “En realidad parece como dos letras U” La volví a mirar…

[Ahhh… como 2 sonrisas] pensé en mis adentros.

Esa cicatriz era mi prueba de que la pesadilla era real. De que a pesar de que mi anestesia fue completa porque pateaba, temblaba, lloraba y gritaba todo había sucedido mientras yo dormía. Todo lo que una mamá no quiere vivir nunca.

Las cicatrices duraron en sanar, las de adentro y las de afuera. Por unos meses pensé que mi útero nunca iba a poder concebir vida de nuevo. Todo parecía sanar tan lento, y yo solo los quería a ellos de vuelta en mi cuerpo o fuera de el.

Solo los quería a ellos dos. A como diera lugar.

Las cicatrices de mi cuerpo sanaron y cambiaron con el tiempo. Las de mi corazón no tanto. Ahí están, a veces me parece que intactas… como el día que vi en esa bata reflejada mi historia de muerte y dolor. Era como si pudieran reabrirse y regresar al día 1. Como si todo lo que han sanado retrocediera y estuvieran otra vez en carne viva, nuevas, frescas. Inéditas.

Mis cicatrices no las cambio por nada del mundo porque representan su historia. ¡Pero cuanto duelen! Son los rastros de su memoria. Las heridas que se ven y mas importante: las que no se ven. Continúan existiendo, aunque a veces se disfrazan  bien, en otras ocasiones se muestran resplandecientes, a veces hasta deslumbrantes.

Huellas, marcas, trazos.

Testigos del amor que me transformó para siempre. 

 

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