Medicinas para el Corazón (Hecho Pedazos)

Estas fechas me es inevitable revivir su historia. Cuando pasó la tragedia yo creí que era irónico y cruel que había sucedido en vacaciones. Después de todo, quedarían esas fechas llenas de ellos dos y marcadas con dolor para siempre.

Fin de año nunca volvería a ser igual para mi, siempre representaría el preámbulo para peor día de mi vida.

Ahora, casi 4 años después, he logrado llegar a transformar ese resentimiento de que pasó cuando pasó, porque me he dado cuenta de que necesito esta quietud para abrazar mi verdad.

Las noches después de que Noah y Gael se murieron fueron infernales, no puedo describirlas de otra manera. Despertaba ahogada, sin poder respirar, sintiendo que moría para estar junto a ellos de nuevo. Luego para volverme a dormir ahogaba mis sollozos con mi almohada. Y así se pasaban las horas entre oscuridad, dolor, lágrimas y falta de aire. Cuando despertaba pensaba que todo había sido una pesadilla y tocaba mi vientre para confirmar que aun estaban vivos, al sentir mi vientre plano empezaba la pesadilla otra vez. Mi corazón se rompía de nuevo en mil pedazos. Le comenté al Dr. de mi problema. Me mando una pastilla que empecé a tomar con las esperanzas de que me sanaría y sin embargo no tenía la capacidad de entenderlo en ese momento:

No existen medicinas para un corazón hecho pedazos.

Las dejé de tomar al corto tiempo, quise enfrentar mi historia sin anestesia de ningún medicamento, sin adormecer ninguna parte de mi. Quiero que quede claro que no tengo nada en contra de las medicinas que ayudan a la tristeza y la ansiedad, de hecho en otros momentos de mi vida me han ayudado a salir adelante. Pero en mi duelo no, ellas no serían parte de la historia que yo necesitaba enfrentar con mis 5 sentidos, y no entiendo de donde me llegó esa valentía. Debo hacer una confesión: detesto la frase “Dios le da sus peores batallas a sus soldados mas fuertes” Me revuelve el estómago pensar que las muertes de mis hijos fueron mi “premio” o mi consecuencia por ser fuerte. A través de mi vida no he pedido ni tratado de ser fuerte. Nunca. Ser fuerte además, no es algo de lo que me siento orgullosa, creo que sería como admitir que construyo paredes y fortalezas a mi alrededor cuando en realidad lo que quisiera estar haciendo es todo lo contrario, derribándolas. 

Lo que menos me he sentido a través de mi vida es fuerte, perder un hijo (o dos) tiene una manera de exponer y desnudar los sentimientos mas primitivos y la vulnerabilidad absoluta de una persona. La magnitud del dolor es algo para lo que nadie puede estar preparado ni ser lo suficientemente “fuerte” para enfrentar. Nunca. Jamás.

No se porque la gente no piensa antes de decir algo así.

Ser vulnerable ó ser frágil es mi más grande defecto pero a la vez es mi mayor virtud. Me atrevo a decir (hoy) que en mi vulnerabilidad esta mi fuerza.

Esta frase es de una de las mujeres que mas admiro Brené Brown ❤

“Adueñarse de tu historia puede ser difícil, pero no se compara a la dificultad de pasar toda tu vida huyéndole. Abrazar nuestras vulnerabilidades es riesgoso, pero no es tan peligroso como dar por terminado el amor, la pertenencia y la alegría- las experiencias que nos hacen mas vulnerables.

Solamente cuando tenemos el valor de explorar la oscuridad es que podemos descubrir el infinito poder de nuestra propia luz.”

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Cicatrices

Noah y Gael van a cumplir 4 años el 5 de enero del 2016. Me cuesta creer cuanto tiempo ha transcurrido desde la peor tragedia de mi vida, cuanto he cambiado, cuanto he dolido.

Hace unos días una amiga tuvo a su bebé en el Hospital San Juan de Dios y como lo mas “normal” del mundo publico una foto donde aparece con su bebé usando la bata de ese lugar.

Esa imagen me afectó en lo mas profundo de mi ser.

Tuve que cerrar los ojos para contener las lagrimas, respirar lentamente, porque el estómago se me hizo un puño, mi corazón empezó a latir mas fuerte y sentí una enorme repulsión… hacia el color, la forma de los botones, casi podía sentir la tela entre mis dedos. Me trajo imagenes tan frescas a la mente de mi cuerpo con ellos vivos, y del vacío después. De Gael en la unidad de cuidados intensivos lleno de tubos, inerte, pero luchando por su vida. De mirar mis débiles piernas queriendo obligarlas a saltar de esa horrible cama para salir de ahi, pero no poder.

De no poder. Cambiar. Nada.

De querer irme ir con ellos.

De no entender que estaba pasando, porque yo seguía aquí y ellos no, de creer que todo era una horrible pesadilla de la cual despertaría con ellos riendo entre mis brazos.

De mis cicatrices.

Después de la cesárea de emergencia me tomó semanas tener el valor de mirar la herida. Cuando la vi por primera vez le comenté a mi esposo que había quedado un poco en forma de U. “No” me dijo el “En realidad parece como dos letras U” La volví a mirar…

[Ahhh… como 2 sonrisas] pensé en mis adentros.

Esa cicatriz era mi prueba de que la pesadilla era real. De que a pesar de que mi anestesia fue completa porque pateaba, temblaba, lloraba y gritaba todo había sucedido mientras yo dormía. Todo lo que una mamá no quiere vivir nunca.

Las cicatrices duraron en sanar, las de adentro y las de afuera. Por unos meses pensé que mi útero nunca iba a poder concebir vida de nuevo. Todo parecía sanar tan lento, y yo solo los quería a ellos de vuelta en mi cuerpo o fuera de el.

Solo los quería a ellos dos. A como diera lugar.

Las cicatrices de mi cuerpo sanaron y cambiaron con el tiempo. Las de mi corazón no tanto. Ahí están, a veces me parece que intactas… como el día que vi en esa bata reflejada mi historia de muerte y dolor. Era como si pudieran reabrirse y regresar al día 1. Como si todo lo que han sanado retrocediera y estuvieran otra vez en carne viva, nuevas, frescas. Inéditas.

Mis cicatrices no las cambio por nada del mundo porque representan su historia. ¡Pero cuanto duelen! Son los rastros de su memoria. Las heridas que se ven y mas importante: las que no se ven. Continúan existiendo, aunque a veces se disfrazan  bien, en otras ocasiones se muestran resplandecientes, a veces hasta deslumbrantes.

Huellas, marcas, trazos.

Testigos del amor que me transformó para siempre.